¿Por qué los católicos rezan a María? La diferencia entre adorar y honrar, y por qué pedir la intercesión de María no contradice la fe en Cristo.
Es, quizás, la pregunta que más malentendidos genera entre cristianos. Para muchos hermanos protestantes y evangélicos, la devoción católica a María resulta sospechosa, cuando no escandalosa: ¿no es Dios el único a quien debemos dirigirnos? ¿No se interpone María entre el creyente y Cristo? La objeción es sincera y merece una respuesta igualmente sincera, clara y fundada. Porque cuando se entiende qué hacen realmente los católicos cuando «rezan a María», el supuesto conflicto se disuelve.
Una aclaración fundamental: rezar no siempre significa adorar
El primer malentendido es lingüístico. En español, el verbo «rezar» se asocia casi exclusivamente con la adoración a Dios. Pero cuando un católico «le reza» a María, no le está dando el culto que solo corresponde a Dios. Le está pidiendo que interceda, es decir, que ore por él ante su Hijo. Es algo muy distinto.
Pensémoslo así: cuando le pedimos a un amigo «rezá por mí», no lo estamos adorando ni poniéndolo en el lugar de Dios. Le pedimos que sume su oración a la nuestra. Eso, exactamente, es lo que el católico le pide a María: no que ella sea Dios, sino que, como madre cercana a su Hijo, lleve nuestras peticiones ante Él.
Las tres palabras que lo cambian todo
La teología católica, con una precisión que viene de los primeros siglos, distingue tres tipos de culto, y entender esta distinción resuelve casi toda la objeción.
El primero es la latría: la adoración debida solo a Dios. Es el culto supremo, absoluto, que reconoce a Dios como Creador y Señor. Postrarse ante el Santísimo Sacramento es latría. Este culto no se le da, ni se le puede dar, a ninguna criatura: ni a un ángel, ni a un santo, ni a la Virgen María.
El segundo es la dulía: el honor apropiado para los santos y los ángeles del cielo. Es veneración, respeto, gratitud hacia quienes vivieron la fe de modo ejemplar y hoy están con Dios. Pedir la intercesión de San José o de Santa Teresa es dulía.
El tercero es la hiperdulía: el honor especial que se da únicamente a María, por su papel único como Madre de Dios. Es superior al que se da a los demás santos, pero sigue siendo veneración, no adoración.
La clave está en esto: entre latría y dulía no existe una diferencia de grados, sino de tipo. Son tan distintas como la criatura del Creador. No es que a Dios lo adoremos «mucho» y a María «un poco menos». Es que a Dios se le da un tipo de culto absolutamente distinto, que jamás se ofrece a María ni a santo alguno.
¿Qué dice el Catecismo?
La Iglesia es explícita y no deja lugar a la ambigüedad. El Catecismo enseña que «la adoración es el acto primero de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerlo como Dios, Creador y Salvador». Ningún ángel, ningún santo, ni siquiera la Virgen María, Madre de Dios, puede ocupar ese lugar exclusivo que corresponde a la Trinidad.
Sobre María, el Catecismo precisa en su número 971 que el culto a la Santísima Virgen, aunque singular, «difiere esencialmente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, y lo favorece poderosamente». Es decir: la devoción a María no compite con la adoración a Dios; la sirve y la conduce.
El fundamento bíblico
Quienes objetan la devoción mariana suelen apelar a la Escritura. Pero la Escritura misma ofrece sólidos fundamentos para honrar a María.
Es la propia Madre de Dios quien profetiza, inspirada, su futura veneración: «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lucas 1, 48). Honrar a María no es una invención posterior: es el cumplimiento de una profecía del Evangelio.
Es el ángel Gabriel quien la saluda como «llena de gracia» (Lucas 1, 28), un título que ninguna otra criatura recibe en la Escritura. Es su prima Isabel, llena del Espíritu Santo, quien la proclama «bendita entre todas las mujeres» (Lucas 1, 42).
Y en cuanto a la intercesión, el primer milagro de Jesús, en las bodas de Caná, ocurre precisamente a petición de María. Ella le dice: «No tienen vino», y aunque Jesús responde que aún no ha llegado su hora, accede a su intercesión y convierte el agua en vino (Juan 2, 1-11). La Escritura muestra a María intercediendo ante su Hijo, y a su Hijo escuchándola.
«¿Por qué no ir directamente a Dios?»
Esta es la objeción más razonable y merece respuesta directa. El católico, por supuesto, va directamente a Dios. La oración principal de la Iglesia, la liturgia, se dirige siempre al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. Nadie está obligado a rezar a María.
Pero pedir la intercesión de María no sustituye la oración a Dios: la acompaña. Del mismo modo que San Pablo pedía a las comunidades cristianas que oraran por él (Romanos 15, 30; Colosenses 4, 3), el católico pide a María y a los santos que oren por él. Si es bueno y bíblico pedir oraciones a los hermanos vivos, ¿por qué no habría de serlo pedirlas a quienes ya viven plenamente en Dios? La muerte no rompe la comunión de los santos; la perfecciona.
Como se ha dicho con una imagen sencilla: los santos no nos alejan de Cristo, nos llevan a Él, como amigos que nos presentan al Rey.
La advertencia de la propia Iglesia
Es justo señalar, en honor a la verdad, que la Iglesia también advierte contra los excesos. El Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium, exhorta a los teólogos y predicadores a abstenerse tanto de toda falsa exageración como de una excesiva mezquindad al tratar de la dignidad de María. Es decir, la Iglesia ni quiere una devoción mariana desbordada que oscurezca a Cristo, ni una frialdad que niegue a María el honor que el Evangelio mismo le reconoce.
Toda la devoción mariana auténtica es cristocéntrica: lleva a Cristo. María nunca señala hacia sí misma. Sus últimas palabras registradas en el Evangelio, dichas en Caná, son una síntesis perfecta de toda su misión: «Hagan lo que Él les diga» (Juan 2, 5).
En síntesis
Los católicos no adoran a María. Adoran solo a Dios. A María la honran como Madre de Dios y le piden, como a una madre, que interceda ante su Hijo. La distinción entre adorar y honrar no es un tecnicismo: es el corazón mismo de la cuestión. Y cuando se comprende, lo que parecía un obstáculo entre cristianos se revela como lo que siempre fue: el amor de unos hijos hacia la mujer que el propio Cristo, desde la cruz, nos entregó como Madre cuando dijo al discípulo amado: «Ahí tienes a tu madre» (Juan 19, 27).