Historia del Santo Rosario

Historia del Santo Rosario. Cómo nació, a lo largo de los siglos, la oración mariana más extendida del mundo cristiano.

El Rosario es, probablemente, la oración católica más universal después del Padrenuestro. Una corona de cuentas que pasa entre los dedos de millones de fieles cada día, en todos los continentes y en todas las lenguas. Pero pocos saben que esta oración, tan sencilla en apariencia, es el fruto de un desarrollo lento y fascinante que abarca varios siglos, en el que se entrelazan la piedad de los monjes medievales, la tradición de las apariciones marianas y la sabiduría pastoral de la Iglesia. Esta es su historia.

Para entender el Rosario hay que remontarse a los monasterios de la temprana Edad Media. En el siglo X, los monjes recitaban o cantaban en el coro los 150 salmos del Salterio de David, en latín. Pero los hermanos legos, que normalmente no sabían leer, y los laicos devotos, sustituían esos salmos por 150 padrenuestros. Para llevar la cuenta solían usar una cuerda con nudos.

Esta es la raíz humilde y profundamente humana del Rosario: una manera de que los iletrados pudieran participar de la misma vida de oración que los monjes cultos. No podían leer los salmos, pero podían repetir, con el corazón, una oración que sabían de memoria, ayudándose de nudos o cuentas para no perder la cuenta.

El siguiente paso fue mariano. A comienzos del siglo XII, la primera parte del avemaría, formada por el saludo del ángel Gabriel y la bendición de Isabel, se convirtió en oración popular, y los 150 padrenuestros fueron sustituidos por 150 avemarías. A este conjunto de oraciones se le llamó Salterio mariano.

Conviene notar un detalle: durante siglos, el Avemaría que se rezaba era solo la primera mitad, la que recoge las palabras del Evangelio («Dios te salve, María, llena eres de gracia… bendito es el fruto de tu vientre»). El nombre de Jesús y la segunda parte, el «Santa María, Madre de Dios…», fueron introducidos hacia finales del siglo XV, en torno al año 1483. La oración que hoy rezamos completa es, por tanto, el resultado de siglos de maduración.

Aquí entra una de las páginas más queridas de la devoción católica. Según una tradición dominicana, en 1208 el Rosario fue entregado a Santo Domingo de Guzmán en una aparición de la Santísima Virgen María en el monasterio de Prouilhe. Esta aparición mariana recibió el título de Nuestra Señora del Rosario.

La tradición cuenta que Santo Domingo, agotado y desolado ante la dificultad de convertir a los herejes albigenses en el sur de Francia, se retiró a orar. Y que la Virgen se le apareció y le entregó el Rosario como un arma espiritual, mucho más poderosa que cualquier penitencia, para la conversión de los pecadores.

Es importante, en el espíritu de rigor que Kharox quiere mantener, hacer una distinción con delicadeza y respeto. La investigación histórica moderna muestra que el Rosario, en la forma estructurada que conocemos hoy, no fue creado de golpe por Santo Domingo, sino que se desarrolló gradualmente a lo largo de varios siglos. El Salterio de María está documentado antes de que lo promoviera el santo español; ahora bien, Santo Domingo y los dominicos fueron sus grandes promotores. La tradición de la aparición expresa una verdad espiritual profunda sobre el carácter mariano y la eficacia de esta oración, y al mismo tiempo la historia documentada muestra un desarrollo más extendido en el tiempo. Las dos cosas pueden sostenerse juntas: lo que la piedad transmite y lo que los documentos registran.

El siguiente avance decisivo no vino de los dominicos, sino de los monjes cartujos de Alemania, y fue quizás el más importante de todos: añadir el alma a la oración vocal.

En la segunda mitad del siglo XIV, Enrique de Kalkar, cartujo de Colonia, dividió las 150 avemarías del Salterio mariano en 15 decenas e introdujo un padrenuestro al comienzo de cada una. Así nació la estructura de decenas que usamos hoy.

Poco después, entre 1410 y 1439, Domingo de Prusia, cartujo de Colonia, propuso una forma de Salterio mariano en el que cada avemaría era seguida de una breve alusión a un pasaje del Evangelio. Este fue el paso fundamental: ya no se trataba solo de repetir avemarías, sino de meditar la vida de Cristo mientras se rezaban. La oración vocal se unió a la contemplación. El cuerpo del Rosario recibió su alma.

La organización final de estos elementos dispersos la realizó un dominico. El dominico Alano de Rupe (1428-1475) organizó los elementos del Rosario provenientes de los cartujos: redujo a quince los misterios, uno para cada decena, y promovió la creación de cofradías para difundir el Salterio mariano de 150 avemarías que, en aquella época, comenzó a llamarse Rosario de la bienaventurada Virgen María.

La palabra «Rosario» viene del latín rosarium, que significa jardín de rosas o corona de rosas. Cada avemaría es, simbólicamente, una rosa ofrecida a María. Es notable que esta misma palabra «Rosario» no se usaba en tiempos de Santo Domingo, lo cual confirma el desarrollo gradual de la devoción.

Los quince misterios en uso durante siglos fueron establecidos oficialmente por el Papa Pío V en 1569. Este Papa, dominico él mismo, fue también quien atribuyó al Rosario una de las victorias más célebres de la historia: la batalla de Lepanto en 1571, cuando la flota cristiana derrotó a la otomana. Pío V había pedido a toda la cristiandad que rezara el Rosario por la victoria, y en agradecimiento instituyó la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, que se celebra cada 7 de octubre.

El Rosario siguió vivo y creciendo hasta nuestros días. En 2002, San Juan Pablo II, en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, añadió un nuevo grupo de misterios: los misterios luminosos, dedicados a la vida pública de Jesús, desde su bautismo hasta la institución de la Eucaristía. Con ellos, el Rosario pasó de quince a veinte misterios, distribuidos en cuatro grupos: gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos.

Hoy, el Rosario sigue siendo lo que fue desde el principio: un modo sencillo de que cualquier persona, sepa leer o no, sea sabia o iletrada, pueda recorrer con María toda la vida de Cristo. Como decía San Juan Pablo II, el Rosario es «un compendio del Evangelio». En sus veinte misterios cabe entera la historia de la salvación: el nacimiento, la vida, la pasión, la muerte y la resurrección del Señor, contemplados desde el corazón de su Madre.

Ocho siglos después de aquellos monjes que contaban nudos en una cuerda, millones de manos siguen pasando las cuentas, una a una, como quien deshoja rosas a los pies de María.


CONTINÚA EXPLORANDO