El Primer Concilio de Nicea

El Primer Concilio de Nicea. El concilio que definió la divinidad de Cristo y dio a la Iglesia el Credo que aún reza el mundo.

Cuando en el año 325 los obispos cristianos llegaron desde Hispania, Egipto, Siria, Persia, Capadocia y las costas de África para reunirse en una pequeña ciudad de Bitinia, no sabían que estaban a punto de protagonizar el acontecimiento religioso más importante de los primeros siglos del cristianismo. El Primer Concilio de Nicea, convocado por el emperador Constantino, definió de manera definitiva quién es Jesucristo, formuló el Credo que sigue rezándose en cada misa del mundo, y trazó el camino institucional por el que la Iglesia caminaría durante los siguientes mil setecientos años.

En el año 313, el emperador Constantino había firmado el Edicto de Milán, que ponía fin a tres siglos de persecuciones contra los cristianos. La Iglesia salía de las catacumbas. Por primera vez podía construir templos, reunirse abiertamente, dialogar con el poder. Pero la libertad recién conquistada coincidió con una amenaza interna mucho más sutil que la de los emperadores paganos: una disputa teológica que estaba dividiendo a la cristiandad desde dentro.

El centro de la disputa era un sacerdote de Alejandría llamado Arrio. Hombre culto, elocuente y de gran prestigio entre los suyos, sostenía una tesis aparentemente razonable: que el Hijo de Dios, aunque la criatura más excelsa, era eso, una criatura. Una creación de Dios Padre. «Hubo un tiempo en que el Hijo no existía», repetía. Según Arrio, Jesucristo no era plenamente Dios, sino un ser intermedio entre el Creador y el mundo.

Para muchos, la sutileza parecía teórica. Pero las implicaciones eran enormes: si Cristo no era plenamente Dios, su muerte en la cruz no podía salvar a la humanidad, la Eucaristía perdía su sentido, y el cristianismo dejaba de ser lo que había sido desde los Apóstoles. El obispo Alejandro de Alejandría, junto a su joven diácono Atanasio, percibió el peligro y condenó a Arrio en un sínodo local. Pero la doctrina ya había prendido: se extendía por todo Oriente, ganando obispos, simpatizantes y disturbios.

Constantino, recién convertido y aún no bautizado, veía con preocupación cómo las disputas teológicas amenazaban la unidad del imperio que acababa de unificar bajo el signo de la cruz. Aconsejado por Osio de Córdoba, el obispo hispano que actuaba como su consejero en asuntos eclesiásticos, decidió convocar un concilio universal de toda la Iglesia.

El primer concilio ecuménico de la historia se desarrolló del 20 de mayo al 25 de julio del año 325 en Nicea, una ciudad de Bitinia, en la actual Turquía. Constantino puso a disposición de los obispos el sistema imperial de transportes y postas, y cubrió los gastos de viaje y manutención. Acudieron pastores de todos los rincones del imperio, muchos de ellos aún marcados en el rostro y en el cuerpo por las persecuciones recientes: ciegos, mutilados, con cicatrices de torturas, ahora convocados a deliberar como iguales en un palacio imperial.

Las cifras de asistencia varían según las fuentes: Eusebio de Cesarea contó más de 250 obispos; Atanasio, 318; Eustacio de Antioquía, alrededor de 270. El número de 318 fue el que quedó fijado por la tradición y se conserva hasta hoy en las liturgias orientales. La mayoría eran obispos orientales, pero también acudieron representantes del papa Silvestre I, los presbíteros Víctor y Vicente.

El concilio fue presidido por Osio de Córdoba, asistido por los legados papales Víctor y Vicente. El propio emperador Constantino asistió a las sesiones, aunque no votó, limitándose a moderar y a procurar el consenso.

Las primeras intervenciones fueron de Arrio y sus partidarios, que expusieron con detalle su doctrina. La respuesta vino del joven diácono Atanasio, alejandrino como Arrio pero formado en una teología radicalmente distinta. Para Atanasio, la cuestión no admitía punto medio: si Cristo no era plenamente Dios, el cristianismo entero se desplomaba.

La discusión se centró en una palabra griega que aún hoy seguimos pronunciando en las versiones cuidadas del Credo: homoousios, «consustancial». Significa que el Hijo es de la misma sustancia que el Padre, no de una sustancia parecida ni inferior. Es Dios verdadero de Dios verdadero. No criatura, sino engendrado eternamente.

La gran mayoría del concilio, después de largas deliberaciones, se inclinó por la posición de Atanasio. Solo dos obispos se negaron a firmar y permanecieron junto a Arrio. Fueron desterrados.

El fruto principal del concilio fue la redacción de un símbolo de la fe, conocido como el Credo Niceno. Aquellas palabras forjadas en Bitinia siguen pronunciándose hoy, casi sin cambios, en cada misa dominical:

«Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho…»

Cada frase de ese Credo es una respuesta directa al arrianismo. «Engendrado, no creado». «De la misma naturaleza del Padre». «Dios verdadero de Dios verdadero». Cada palabra fue elegida con la conciencia de que detrás de ella se jugaba toda la fe cristiana.

Además del Credo, el concilio dictó veinte cánones disciplinares y resolvió otras cuestiones importantes. Una de ellas fue la fecha de la Pascua, que hasta entonces se celebraba en días distintos en distintas regiones. Nicea estableció que se celebraría el primer domingo después de la primera luna llena de primavera, criterio que sigue rigiendo en gran parte de la cristiandad.

También se ratificó la organización territorial de la Iglesia en sedes patriarcales, se prohibió la usura entre clérigos, y se reguló la reconciliación de los cristianos caídos durante las últimas persecuciones.

La historia, sin embargo, no terminó en Nicea. El arrianismo no desapareció con la firma del Credo. Durante las décadas siguientes, sucesivos emperadores oscilaron entre la fe nicena y simpatías arrianas, lo que provocó nuevos exilios, nuevos sínodos y nuevas tensiones. San Atanasio, ya como obispo de Alejandría, pasaría buena parte de su vida desterrado por defender Nicea contra emperadores hostiles. De ahí su célebre frase: «Atanasio contra el mundo».

Fue necesario un segundo concilio ecuménico, el de Constantinopla en el año 381, para confirmar definitivamente la fe nicena, completar el Credo con la afirmación de la divinidad del Espíritu Santo y poner fin a la disputa. De allí nace la versión completa del Credo que rezamos hoy, llamada con propiedad Credo Niceno-Constantinopolitano.

En 2025 se cumplieron mil setecientos años del Primer Concilio de Nicea. El aniversario se celebró en toda la Iglesia universal con un significado especial: por primera vez en muchos siglos, católicos, ortodoxos y buena parte de los protestantes coincidieron en una misma fecha de Pascua en 2025, recordando aquella unidad que en Nicea quedó establecida.

Nicea no fue solo un evento del pasado. Es la columna vertebral teológica del cristianismo. Cada vez que un católico, un ortodoxo o un cristiano de cualquier denominación reza el Credo, está rezando con las palabras forjadas por aquellos obispos venidos de los confines del imperio, que se sentaron en una pequeña ciudad de Bitinia y decidieron, con la asistencia que la Iglesia atribuye al Espíritu Santo, que Jesucristo era plenamente Dios.

Diecisiete siglos después, esa decisión sigue sosteniendo la fe de millones.


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