El milagro de Lanciano

El prodigio eucarístico más antiguo de la Iglesia, conservado intacto desde el siglo VIII.

En la pequeña ciudad de Lanciano, en la región italiana de los Abruzos, se custodia desde hace más de mil doscientos años uno de los testimonios más sobrecogedores de la fe católica. No es una leyenda piadosa ni una imagen venerada: es carne y es sangre, conservadas a la vista de los fieles, que la tradición sostiene fueron en su origen una hostia y vino consagrados.

Era, según la tradición, alrededor del año 700. En la iglesia dedicada a los santos Legonciano y Domiciano, atendida entonces por monjes de la orden de San Basilio, un sacerdote celebraba la Santa Misa en rito latino. Después de haber pronunciado la doble consagración del pan y del vino, comenzó a dudar de la presencia real del Cuerpo y de la Sangre del Salvador en la hostia y en el cáliz.

Fue precisamente en ese instante de flaqueza cuando, ante sus ojos, ocurrió lo inexplicable. La hostia se transformó en un fragmento de carne viva, y el vino consagrado, en sangre, que con el tiempo se coaguló en cinco fragmentos irregulares de forma y tamaño distintos. Lo que había sido motivo de duda se convirtió, para él y para los fieles presentes, en certeza.

Las reliquias se conservaron a lo largo de los siglos y fueron objeto de diversas verificaciones eclesiásticas. La carne y la sangre permanecieron durante unos doce siglos en estado natural, expuestas a los agentes físicos, atmosféricos y biológicos, y aun así se conservaron, algo que de suyo ya resultaba notable.

Hoy, la sangre se presenta en cinco fragmentos de consistencia dura, y la carne, de tonalidad parda, permanece visible para quien peregrina a la catedral de Lanciano.

En el siglo XX, la Iglesia quiso someter las reliquias al escrutinio de la ciencia moderna. En noviembre de 1970, por iniciativa del arzobispo de Lanciano, monseñor Pacifico Perantoni, y con la autorización de Roma, los franciscanos decidieron encomendar el examen al profesor Edoardo Linoli, especialista en anatomía e histología patológica, asistido por el profesor Ruggero Bertelli, de la Universidad de Siena.

Los resultados se hicieron públicos el 4 de marzo de 1971. Sus conclusiones, recogidas en una monografía científica, fueron tan precisas como desconcertantes:

La carne resultó ser auténtico tejido del corazón. El análisis evidenció que se trataba inequívocamente de tejido cardíaco, y que la sangre era verdadera y pertenecía al grupo sanguíneo AB. Tanto la carne como la sangre eran de naturaleza humana, compartían el mismo grupo sanguíneo, y los análisis indicaban características propias de tejido reciente.

Un detalle añade aún más perplejidad al hallazgo. La conservación de un fragmento de miocardio y de coágulos de sangre, dejados en estado natural durante más de un milenio y expuestos a toda clase de agentes ambientales, llegando hasta nosotros inalterados, resulta de suyo inexplicable.

Llama la atención que la iglesia donde sucedió el prodigio esté ligada a la memoria de Longinos, el soldado que, según el Evangelio, traspasó con su lanza el costado de Cristo en la cruz. Que el milagro tomara la forma precisamente de tejido cardíaco invita a la contemplación más que al simple asombro.

El milagro de Lanciano no exige la fe: la precede y la sostiene. En una época inclinada a la duda, permanece como un signo silencioso y persistente de aquellas palabras pronunciadas en la última Cena: «Esto es mi Cuerpo, este es el cáliz de mi Sangre.»


CONTINÚA EXPLORANDO